Los adultos olvidan sonreír
Cuando yo era pequeña quería llegar a ser grande lo más pronto posible. Me fascinaba la idea de poder hacer lo que yo quisiera sin limitaciones, como por ejemplo, el simple hecho de ir al cine a ver películas rotuladas para mayores de 18 años. Mis juegos también apuntaban a ello: jugaba a ser cantante, a ser modista, a ser veterinaria, doctora, a ir de compras al supermercado, a ser mamá y hasta recuerdo haber jugado a animar el festival de Viña!
Pero ahora que crecí, nadie se podría imaginar cuánto anhelo volver a ser una niña y simplemente jugar a... y no vivirlo. A mis 22 años me parece que el mundo de los adultos suele ser muchas veces espantoso, y que la ilusión que forjaba en mi mente está muy lejos de ser alguna vez real. Esto lo digo porque la mayor parte del espacio en que se mueven las personas mayores además de ser difícil es angustiante y aburrido, por no decir que a veces es patético. Es como si después de los 20 años muy pocos se acordaran que alguna vez fueron niños y que cuando jugaban a ser grandes la vida se veía distinta, más fácil y alegre... tan fácil que si en el juego se les presentaba un miserable problema, era cuestión de desmontar aquel juego y empezar otro.
En los adultos encontramos de todo un poco. En nuestro hogar mismo están nuestras madres que a veces consideran más importante el trabajo que escucharnos o felicitarnos por nuestros logros; en la calle gente apurada que sólo se detiene ante un inerte semáforo que los obliga a hacerlo, en la universidad profesores que se han olvidado de sonreír, en la oficina donde vamos a hacer algún burocrático trámite, a funcionarios tan burócratas como el trámite mismo por el que vamos... En fin, gente tan aburrida y aproblemada que no sé como alguna vez soñé con ser parte de ese mundo, de gente que se cree perfecta pero que al fin y al cabo no comprende que cava su propia tumba.
Creo que todo no sería tan malo si no me hubiera dado cuenta que yo misma estoy cayendo en ese mundo, que hay días en los que se me olvida sonreír o que sólo lo hago por obligación. Lo bueno es que, si bien ya no soy una niña, al menos aún conservo ese espíritu de querer ser alguien (“cuando sea grande”) pero alguien distinto. Ya no sueño con ser cantante, ni menos doctora (con los años me he dado cuenta de mi fobia a todo lo que esté 1 cm después de la piel, o la mugre de las uñas de los pies), ahora sueño con tener una vida tranquila que me llene de satisfacciones internas logradas con mi esfuerzo y entrega, con ayudar a quienes no se logran adaptar a los quehaceres de la vida misma, y lo más importante, que la gente me recuerde como a alguien agradable más que como a una dramática persona a la cual se le ha olvidado sonreír.
mmm, a veeer... no...mmm..no.... soy demasiado indecisa.... en serio... realmente indecisa.... pero soy tierna, mi hijito Agustín Ignacio es igual de tierno que yo. Estoy en vías de ser historiadora... pero no sé que va ser de mi vida realmente... eso no+... I wanna fall from the stars
Egoime dijo
Vas por la calle, y sonríes a un bebé.
Te sonríe.
Vas por la calle, y sonríes a un@ niño@.
Te sonríe.
Vas por la calle, y sonríes a un anciano.
te sonríe.
Vas por la calle, sonríes a un adolescente/joven/adulto...
y no se da cuenta.
Eso dice muuucho de esas tres etapas..
22 Noviembre 2006 | 06:23 PM